Oda al vestido de novia

Oda al vestido de novia / Foto: ThinkstockOda al vestido de novia / Foto: Thinkstock



Las mujeres se han vuelto prácticas en exceso. Se entiende que las novias busquen para su boda un vestido, ante todo, cómodo; que no tenga un escote inmanejable, ni una larga cola de encaje… Y con respecto al tocado, que sea algo sencillo, que no les impida bailar con naturalidad y se la tengan que pasar toda la fiesta juntando las flores que se le desprenden a su paso. También que a mitad de la noche cambien sus tacos (tacones) por unas cómodas zapatillas bordadas en lentejuelas.

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Todo esto se entiende. Hasta aquí, el cambio es razonable y bienvenido. Pero ¿qué hay de la tendencia de la que hablan las revistas de moda para novias, de reciclar los vestidos blancos una vez pasada la gran noche?

Porque una cosa es pensarlos, soñarlos e imaginarlos para lucir deslumbrante y única. Y otra, hacerlo teniendo en cuenta si les será útil para la fiesta siguiente: el matrimonio de una amiga, una noche de fin de año… ¿No se nos habrá ido la mano? ¿Y el romanticismo?

Mi abuela guardó su vestido de novia toda la vida. Lo tenía bien arriba en su ropero. Dentro de una caja azul noche, envuelto en papel de seda color violeta, para que no se pusiera amarillo. La tarde que me lo mostró fue toda una ceremonia. Tuvo muchos preámbulos y cuando llegó el momento, ambas desbordábamos ansiedad. No debía tener más de diez años y lo recuerdo como si fuera hoy. Obviamente, me dijo que dispusiera de él para cuando fuera a casarme, cosa que no hice. Pero jugué horas y horas de mi niñez imaginándome con ese vestido. Aquel momento fue único, les aseguro, irrepetible. Y no merecer serle negado a ninguna niña.

¿Se imaginan esa ceremonia hoy, con una abuela que ante la pregunta de su nieta sobre su viejo vestido de novia le muestre uno que ha sufrido mil transformaciones? La imagino diciéndole algo así como “Y sí… esto es lo que quedó de él. Hoy es verde esmeralda, pero fue blanquísimo. Y no tuvo este escote, eh… Lo reciclé para la fiesta de 15 años de tu madre”.

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Puede ser que peque de conservadora. Pero hay rituales que creo que todas las mujeres nos merecemos. Uno es el de la abuela y su nietita. Otro, el de concebir el vestido de novia para que sea el reflejo de la felicidad que sentimos. Y nada tiene que ver esto con una postura rígida de que no acepte que podamos tener más de una boda en nuestro haber, basta con que planifiquemos la consagración de ese amor como si fuera para toda la vida. Cada vez, para toda la vida.

Y que quien elija su vestido de novia lo haga entre los miles de modelos que existen, pero buscando que sea femenino: tela suave, sugerente, etérea. Un corte que marque las formas, todas; una buena caída, como para que se mueva al compas del vals, también del reggaeaton.

Puede ser que el bolsillo no dé como para tener un vestido propio. Nos queda entonces buscar en la tienda de alquiler aquel que mejor nos represente. El que haya sido confeccionado, mágicamente, como si nos hubieran conocido. Uno que nos permita recordarlo al detalle cuando seamos viejitas.

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Por eso, ¡basta de elegir vestidos de novia que no sean de novia! ¡Terminemos con eso de minimizar el ritual! ¡Hay cosas, creo, con las que no vale la pena hacernos las modernas!

¿Cómo es tu vestido de novia ideal? ¿Lo reciclarías pasada la fiesta de bodas?

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